Recuerdo con total exactitud todo lo que ocurrió aquella noche, fui consciente de que a partir de ese momento ya no volvería a ser la misma. Quizás fue demasiado pronto, quizás no el mejor lugar, pero fue donde y cuando ocurrió…
............
Aquella mañana me despertaron los gritos de mi tío buscando a mi hermano.
-¡Laro apresúrate, la barcaza de Érigo se ha hundido con tres sacas de oro!
Mi tío, Cassio, era el capataz del puerto, era un hombre hermoso y muy querido por su buena fé. Creo que fué el único que acudió a recuperar el oro para devolvérselo al malnacido de Érigo, que era el sucio hombre que ocupaba el puesto de “jefe” de la aldea mientras que Arcaos, el hombre más listo que jamás conocí y nuestro jefe, se media en batalla contra los romanos por no perder la capital de nuestras tierras, Amaia. Érigo era un oportunista, robaba cosechas, oro y pieles a los aldeanlanos para hacer una fortuna y conservar algo el día que tuviese que abandonar la aldea a la vuelta de Arcaos. Mi hermano Laro, junto a Neco, mi prometido, y otros jóvenes del pueblo, crearon una resistencia a Érigo, por mucho poder que tuviese, no podía hacer nada si era el propio pueblo quien se le revelaba, y mucho menos si uno de ellos era el hijo de Aia, así que los saqueos y robos hacia los aldeanos cesaron de forma radical, no contentos con esto, Laro y Neco recuperaron las fortunas robadas y las repartieron entre las personas más necesitadas de la comunidad. Como toda aldea cántabra nos regíamos por una sociedad matriarcal, antes que Érigo o Arcaos o cualquier otro hombre estaba por encima una mujer, y esa era Aia, mujer de Cestio, mi madre.
Recuerdo que fué el invierno que cumplía los nueve años, recuerdo que regresaron mi padre y mis hermanos Lábaro, Bastian y Tridio para pasarlo en casa, recuerdo que tras saludar a mi madre y a mi hermano Laro, Cestio me cogió en brazos con esas enormes manos que eran más grandes que mi cabeza. Era un hombre enorme, musculoso, recuerdo que para entrar en casa tenía que agacharse para no golpearse con el marco de la puerta; traía sus ropas rotas y llenas de barro y sangre, pero recuerdo su olor, era dulce, como a canela, era raro que con ese aspecto su olor fuese tan bueno. No dejó de mirarme en toda la noche, incluso me quedé dormida en sus brazos, aún oigo sus palabras – Esta niña hará que nos sintamos orgullosos, será conocida, será una gran jefa, y dará a Cantabria grandes guerreros.-, Alababa mi cabello –Es castaño con los brillos del sol, sus ojos oscuros y rasgados, esta niña hará historia, esta niña será una diosa.-Se me quedó mirando, mientras luchaba por que mis ojos siguiesen abiertos, en ese momento, me acarició la cabeza y dijo –Eso será algún día, de momento seguirás siendo mi pequeña esperanza, mi pequeña ilusión, las ganas de volver a casa- .Cuando recuerdo ese momento se me pone la piel de gallina, si me viese ahora se sentiría humillado.
Al día siguiente de la llegada de padre, Lábaro vino a despertarme –pequeña Anjana, es hora de despertarse, vamos, tengo una sorpresa para ti-. Sin abrir los ojos me quedé pensando, -¿Anjana yo? - por la curiosidad que tenía me levanté de un salto de la cama, jamás me levanté tan deprisa como aquel día, me puse mis ropas, y salí de mi cuarto en busca de mi hermano mayor. Estaba junto a la puerta, poniéndose sus pieles, - Ven, rápido, antes de que todos despierten- dijo susurrando. Me ofreció unas pieles oscuras, me agarró de la mano, y salimos de la aldea corriendo. Nos adentramos en el bosque río arriba, corrimos una eternidad, o eso me pareció a mí, -¿Estas cansada Iria?- dijo sonriente, sorprendida me giré hacia él -¿Iria? ¿Ese es mi nombre?- hasta ahora solo me conocían como Pentia, por ser la quinta hija; Lábaro se agachó para estar a mi altura, y con una sonrisa en la cara me dijo –Recuérdalo siempre, tu nombre es Iria, hija de Aia y Cestio, aunque tu destino te bautice de nuevo- le corregí rápidamente –No, te equivocas, soy Iria, hija de Aia y Cestio, hermana de Lábaro el guerrero.- Me miró fijamente a los ojos, me abrazó, se levantó y tiró de mi mano para seguir corriendo. Unos dos kilómetros más adelante llegamos a un rincón precioso, estaba entre rocas, caía una cascada con tanta furia que podría partir a un hombre en dos, me quedé atónita observando la majestuosidad del lugar, entonces mi hermano me miró para que le siguiera, se metió en una cueva escondida detrás de la cascada, tenía entradas de luz, y restos de hogueras, pieles en el suelo y caballos de madera. – Este es mi rincón mágico Iria, aquí vengo a ser yo de verdad, aquí puedo tener miedo, puedo llorar, puedo reír, aquí vive el auténtico Lábaro nadie conoce este lugar, salvo tú-, creo que con su forma de hablarme, con tanta dulzura, mirándome a los ojos y agarrándome la mano me demostró que nadie me hablaría con tanta sinceridad y amor jamás. –Quiero que este escondite también sea tuyo, no se te avecina un futuro fácil, tendrás que ocupar el puesto de madre, tendrás que entrenar duramente para ser una buena guerrera, y quizás en ese trayecto pierdas parte de lo que eres. Pero si quieres, aquí podrás guardarlo, podrás seguir siendo siempre Iria, mi pequeña Iria- mientras me decía esas palabras, utilizando unas bayas garabateó en la pared lo que parecía una niña enfrentándose a un ejército, -Esta eres tú, este es tu destino, serás grande Iria, pero nunca estarás sola-.
Hoy pienso en esas últimas palabras y le odio, por mentirme, por sentirme tan sola, por hacerle caso y no tener el final que me prometió.
Comenzaba a amanecer, eso significaba que teníamos que correr de vuelta al poblado para que no sospechasen de nuestra escapada. De camino recogimos frutas silvestres y flores para darle a madre en caso de ser descubiertos, así tendríamos la escusa perfecta.
Esa misma tarde padre me llevó al monte para enseñarme a usar la espada, Bastian hacía de oponente, mientras Lábaro y padre hacían de mentores para ambos. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos entrenando, pero sí el cansancio, no era capaz de sostener la espada, incluso el escudo romano tan ligero de Tridio parecía pesar dos robles. Lábaro interrumpió el entrenamiento diciendo que ya era suficiente por hoy, pero realmente miró a padre como intentando decirle algo. -¡Vamos, se está haciendo tarde, regresemos a casa, a prisa!-. Corrimos, corrimos más que en toda nuestra vida, Tridio cogió mi mano y tiraba de mi para que no me quedase atrás, al ver su cara de miedo quise llorar, pero sabía que ese lujo alguien de mi posición no podía permitírselo. Llegamos a la aldea y los hombres estaban preparados con sus armas rodeándola, las mujeres metiendo a los niños dentro de las casas, y al fondo mi madre colocaba a los jóvenes guerreros para guiarlos en caso de que fuese necesario a la batalla.
-¿qué ocurre Tridio? Cuando le pregunté mi hermano me miró a los ojos, recuerdo el pánico en los suyos, -No pasará nada, solo tenemos invitados no deseados, ve a casa con Laro y con madre, nos vemos en la cena.- Salí corriendo hacia madre y justo en ese momento comencé a oír caballos dirigiéndose a la aldea. De entre los árboles aparecieron decenas de romanos, que comenzaron a luchar, pero no eran capaces de traspasar si quiera la primera línea de defensa. Madre me agarró del brazo y me ordenó que me colocase a su espalda. Después de unos minutos observando la batalla percibí un olor extraño, también olía a el humo de antorchas apagadas con agua. Tiré de su brazo –Madre, se acercan por nuestra espalda-, me empujó para que no molestase. Me armé de valor, retomé mi espada y mi escudo y me adentré en el bosque, nadie mejor que yo sabe sus escondites. Estaban escondidos, preparaban sus arcos y flechas para atacar la retaguardia, alcancé mi onda y derribé a cinco soldados con ella uno a uno, con sus gritos mi madre y sus jóvenes soldados se percataron de su presencia, comenzó una lluvia de flechas que casi me alcanzan en varias ocasiones. Decidí esconderme en el tronco hueco de un castaño. Cuando los arqueros pararon y los gritos cesaron salí de mi escondite para regresar a casa. Aquello era un cementerio, decenas de romanos heridos y muertos, intenté agazaparme mientras corría para no ser vista, pero no funcionó, -¡Alto ahí!- me giré y vi aun hombre a caballo con armadura dorada y una escoba en el casco apuntándome con su espada. –Ríndete pequeña- dijo como burlándose de mi, -¡Jamás!- saqué mi espada y corté la cincha de su silla e inmediatamente salí corriendo, al caerse del caballo gané algo de tiempo, conseguí saltar las vallas y entrar en Vindio -¡Padre, vienen a por mi!- Bastian se puso a mi lado mientras Lábaro ayudaba a Tridio a levantarse del suelo herido en una pierna, mi padre corrió a mi lado mientras madre y Laro se ocupaban de los heridos.
– ¿Cuántos son pequeña?-
-Decenas de heridos y muertos Padre y unas dos en pie en camino-
El resto de hombres se sumaron a mi padre con sus armas en mano, cuando me quise dar cuenta, con tan solo nueve años, estaba al frente de todos esos hombres, la mayoría heridos, otros asustados, y otros dispuestos a morir por su tierra y por su gente. Se dividieron y atacaron por los lados desarmando la formación de defensa, a mi lado seguía Bastian, a mi izquierda Padre un paso atrás junto a Arcaos, y de frente el mismo hombre que segundos antes me había apuntado con su espada, ahora más enfurecido después de hacerle caer del caballo. Gritó lo que imaginamos que sería una orden de ataque, y nosotros hicimos lo mismo. La batalla se decantaba de nuestra parte, y para tener alguna opción de salir vivos de aquella, los romanos poco a poco retrocedieron hacia el bosque de castaños y abetos con intención de poder ocultarse y así escapar de lo que sería su muerte sin ninguna duda. La dureza de sus golpes de espada hicieron que perdiese la mía en varias ocasiones, pero siempre acudía alguien para protegerme, o un brazo que tiraba de mi hacia atrás, pero ahora estaba sola, corriendo entre los árboles y la maleza, buscando algún reflejo de luz proveniente de una armadura brillante. Los gritos de los soldados agonizantes hacía imposible oír pisadas o respiraciones agitadas del enemigo, pero de pronto, justo frente a mí, apareció de nuevo el mismo hombre que las dos veces anteriores, aunque igual que las anteriores su espada me apuntaba, esta vez temblaba, sabiendo que si me hería, sería la última vida que quitaría antes de ser decapitado.
-¡Romanos a mí!- grito sacando fuerzas de flaqueza. Aparecieron una docena de hombres a su espalda, empuñando sus armas y con más miedo que ganas, oía las voces de mi padre pidiendo que acudiesen en mi ayuda, pero antes de que llegasen, grité preparando mi estocada y aquellos hombres huyeron tras desencajárseles la cara, salí corriendo y a mi par apareció un oso, un oso enorme, corriendo a mi lado hacia el mismo hombre. Alcé mi espada y la batí contra aquel hombre que permanecía inmóvil, tras mi golpe aquel oso soltó un zarpazo que le arrancó la cabeza.
-¡Victoria! Grito Arcaos mientras el resto de hombres repetía una y otra vez la palabra.
Yo seguía observando aquel hombre al que le había arrebatado la vida, y mientras, a mi lado, permanecía tan quieto como yo aquel enorme oso, me giré hacia él, y vi que seguía observándome, me acerqué con la mano extendida, y sin ningún miedo y con una extraña suicida-confianza, le acaricié su enorme cabezota, él la movió buscando mi mano con su boca y la lamió, sonreí, acerqué mi boca a su oreja y le di las gracias, me subí a su lomo y me acercó hasta la puerta de la aldea. Allí todos observaban atónitos mi llegada en esas condiciones.
-Gracias amigo, te llamaré Vindio, en honor a la aldea que acabas de ayudarme a salvar, mil gracias-. Bajé de aquel animal y volví a acariciarle, se puso en pié sobre sus dos patas traseras y rugió como un trueno, se dio media vuelta y se adentró en el bosque. Lábaro corrió hacia mi dándome un abrazo, yo le aparté, fui hacia Arcaos, y le entregué la cabeza de aquel hombre que llevaba agarrada del casco con aquel escobón rojo.
-¡Rendid vuestras armas ante vuestra futura líder! Desde hoy serás conocida como Astia, la diosa oso.- Tras esas palabras de Arcaos, los gritos de júbilo y las felicitaciones inundaron Vindio, yo tan solo retrocedí hasta Lábaro, le agarré de la mano y le pedí que me llevase a casa.
Nueve años, esa era la edad que tenía la primera vez que quité una vida, nueve años creo fue demasiado pronto, y que no fue el mejor sitio, pues eso significaba que si ese hombre llegó, llegarían muchos más hasta allí.
Me convertí en la cántabra más famosa por haber matado a un general romano con tan solo esa edad, un general que consiguió adentrarse en la profundidad de Cantabria, que se hermanó con el animal más salvaje de estas tierras para defenderlas, ya no volví a ser la niña Iria que corría por los bosques, ahora era Astia, la diosa oso, la temida guerrera cántabra.
..................................................................................
No tardaron en llegar las primeras nieves, y durante esos días, cada mañana, me escapaba antes del alba al rincón que Lábaro me regalo, cada día Vindio, mi nuevo gran amigo, me esperaba en las puertas del poblado y me acompañaba arañando los senderos del bosque, corríamos sin control, como si nos persiguiese la muerte, pero nunca conseguí ser más rápida que él. En la cueva estaba todo preparado pera su ivernación, sí, no sé cuando, pero se instaló en mi cueva, y la verdad, nunca me importó. Ése día volví sola colina abajo, y hasta que acabase el invierno sería el último día que vería a Vindio. Con la despedida me despisté y ya amanecía cuando aún no había entrado en la aldea, justo en la entrada, escondido me esperaba lábaro con un montón de setas en su bolsa, sin parar de correr le tomé de la mano y le arrastré dentro, -¡Madre, madre miré lo que hemos traido!-. Tras desayunar y salir de la casa Lábaro se me acercó y me dijo - Yo no estaré siempre aquí para taparte Iria-. Sonó triste, pero lo único que me importó de la frase fué que volvió a mencionar mi nombre.
Como cada tarde padre me sometía a sus duros entrenamientos, y Bastian, cada día más fuerte, se sentía más frustrado por tener que entrenarse con su hermanita pequeña. Sus golpes cada día eran más duros, padre no decía nada, tan solo Lábaro o Tridio le regañaban de vez en cuando por no controlar sus fuerzas. El entrenamiento de esa tarde acabó cuando estando en el suelo aplastó mi brazo con su pie, aún recuerdo el dolor y el sonido, fue como el que hacen esas ramas gordas que se rompen al paso de Vindio. Cestio me subió en sus brazos y entre gritos y lloros me metió en casa, me sentaron en un taburete y sin darme cuenta Tridio me abrazó por la espalda, Lábaro agarró mi brazo y tiró de él para colocarlo, pero lo único que recuerdo es el dolor intenso y ver cómo todo daba vueltas antes de perder el conocimiento. Cuando desperté tenía un gran ramo de margaritas junto a mi, y Lábaro sentado a los pies de mi cama afilando su espada, guardaba por mi bienestar. Después de aquel "accidente" Bastian no volvió a hacerme rabiar, incluso me cedía sus setas a la hora de la comida, gracias a aquello gané otro hermano.
Pasaron unos días sin que saliese con las primeras luces del día de casa, tampoco entrenaba, el frió llegó a Cantabria y todos nos encerramos en nuestras casas junto al fuego. Madre y Laro se entretenían arreglando pieles, padre, Bastian y Tridio remendaban sus ropas de batalla y Lábaro se sentaba a mi lado mirando al fuego con la mirada perdida.
El deshielo llegó antes de lo esperado, y sabía lo que significaba eso, padre y mis hermanos partirían de nuevo a Amaia. Esas últimas semanas el entrenamiento se intensificó, aún no era capaz de sostener la espada con el brazo izquierdo, ni siquiera el escudo, así que tan solo con una mano me enfrentaba a Bastian durante horas. Sus golpes ya no dolían, las espadas chocaban pero ya no me hacía retroceder, es más, aunque nunca quise comprobarlo creo que superé en fuerza a mi hermanao, y desde luego mi habilidad con la espada era muy superior a la suya, pero aunque en batalla fuese más valiosa que él mi sitio era Vindio.
Llegó el día de la marcha de los hombres de la aldea, se oían canciones y llantos de mujeres y niños, perno no en mi casa, en mi casa reinaba el silencio, tan solo se oía a Laro discutir con padre porque aún no tenía la edad para ir a batalla. Nadie hacía ni decía nada, de pronto Tridio se acercó a mi, se arrodilló, me abrazó y me hizo la promesa de vernos en el próximo invierno. Bastian se acercó a mi con los ojos brillantes y en ese abrazó que me cortó la respiración me suplicó perdón, y esta vez fui yo quien le hice la promesa de vernos el próximo invierno, me quité la tela que vendaba mi brazo, se la pasé por encima de la cabeza y se la anudé al cuello, -Tráemela de vuelta.-. Lábaro me miró fijamente, sacó su espada de su cinturón y me la dió, la espada que tando había cuidado, la que hizo él con sus propias manos, la espada del gran Lábaro era mia. Se arrodilló, puso su mano en mi cabeza, y repitió esa frase que tanto me gusta: -eres Iria, hija de Aia y Cestio, nunca lo olvides-. Me despeinó y sin volver a mirar atrás besó a madre en la mejilla, le dió una palmadita en el hombro a Laro y salió de casa junto a los demás. Fué el último día que vi a mi hermano.
Con la primavera el trabajo en la aldea era duro, las mujeres sembraban mientras los mozos salían de caza, pero desgraciadamente, en las últimas partidas siempre había alguna baja. Tan solo hace un mes que partieron nuestros soldados y ya más de 2 docenas de cabelleras romanas decoran la fortaleza. Vindio y yo nos hemos tropezado con varios mientras entrenamos campo a través, y hemos dado muerte a varios, pero son soldados perdidos en nuestro montes, intentan escapar de la guerra y se refugian en la boca del oso.
Ya ha pasado cai un año, y nuestros soldados van regresando poco a poco, salí de la aldea llamando a Vindio para ir a recibir a todos pero ya no quedaba nadie en el bosque, de pronto, entre árboles apareció Arcaos cargando con el cuerpo de Bastian inmóvil, corrimos hacia él, sin mencionar palabra Vindio le cargo en su lomo, y corrimos a la aldea. En casa Bastian agonizaba, escupiendo sangre, con las tripas rotas y en su mano aquel cacho de tela que le regalé. no sé que pasó ahí dentro pues madre me echó.
Esa noche la pasé en las puertas de la fortaleza junto a Laro, Neco y Vindio esperando noticias, y secretamente, esperando la aparición de un romano contra el que cargar todo el dolor que setía en ese momento.
Arcaos se me acercó, -Iria, tienes que ser fuerte, eres la esperanza de esta tierra, no temas, tu padre, y tus hermanos estarán contigo-. Amaia había caído, y con ella padre, Tridio y el gran Lábaro entre tantos.
.......................................................................
Han pasado nueve inviernos desde aquello, Vindio sigue siendo un poblado tranquilo, nuestros guerreros siguen luchando por nuestras tierras, aunque cada vez quedan menos posesiones por las que luchar. Desde hace tiempo Bastian y yo dirigimos la escuela en la que formamos a cada niño de la aldea en el arte de la guerra, la mayoría de ellos no conocieron a sus padres o sus hermanos, y la sed de verganza es tan fuerte que no habrá legión que acabe con ellos. Hace años que perdí la cuenta de cuantos romanos maté, ya no me impacta ver como la sangre brota de un brazo cortado, no me disgusta el sabor de la sangre de mi atacante e incluso disfruto mirando los ojos en blanco de una cabeza decapitada, con cada enfrentamiento me hago más fuerte y en cada uno aparece la cara de Lábaro en mi espada, como si fuese un reflejo y estuviese a mi espalda dándome esa fuerza sobrenatural que no sé de donde saco.
En los últimos cinco años la población de Vindio ha aumentado debido a la cantidad de Cantabros que huyen de sus aldeas por la conquista romana buscando un sitio donde estar a salvo, la última fue la amurallada Bergida, que cayó hace un par de semanas ante las legiones romanas, por lo que la comida empieza a escasear aunque por otro lado tenemos más guerreros para defender la aldea.
En un reconocimiento rutinario por las cumbres de los montes vi a lo lejos a un grupo perseguido por romanos, alcancé mi arco y derribé al primer romano, el resto pararon en seco y dieron media vuelta. me dejé ver subiéndome a lo alto de una roca, Vindio a mi lado rugió, lo que les hizo bajar el monte más a prisa. El grupo de cántabros que huían se acercaron a mi, -¿Estaís todos bien?- pregunté. Una mujer entre balbuceos dijo -De veras existe, Astia y su oso-. -No es mi oso, es un amigo que decidió quedarse por la zona y nos gusta disfrutar de nuestra mutua compañia. ¿de dónde venis?, - venimos de Amaia-, retome mi arco y los apunté de nuevo -Amaia cayó hace más de nueve primaveras, ¿quiénes sois?-. Entonces una chica con un cabello se adelantó y grito -Venimos de Amaía, llevamos más de nueve primaveras sometidos por esos bastardos, hemos visto como aniquilaban nuestro pueblo, como mataban a nuestras familias, conseguimos escapar, llevamos días caminando buscándote, a ti y y a Vindio-. Baje mi arco y me acerqué a ellos, me cercioné de que no portasen armas y entonces les pedí que me siguieran hasta la aldea.